Ramos Generales

Aquella mañana, la señora Borinsky caminaba rápido por una calle empinada que no le significaba esfuerzo a pesar de su edad y de los achaques que la asediaban, pero sucedía que Mrs. Borinsky, según se hacía llamar en algunos círculos pretenciosos, estaba aterrada.

            Caminaba y giraba todo el tiempo la cabeza hacia atrás, como una veleta sometida al viento, como si alguien la persiguiera. Aferraba junto a su pecho una bolsa de papel y todo hacía pensar que la señora Borinsky había salido de su casa obligada por una razón tan importante como para mostrarse con los pelos enmarañados y sin teñir, la cara lavada, y vestida con los colores de una murga; medias de algodón caían sobre sus tobillos, y calzaba unas pantuflas de paño que, originariamente azules, los años habían vuelto gris plomo; su pollera, a pesar de ser larga, no lograba cubrir la enagua color salmón.

 

            El señor Fuentes, propietario de la tienda de ramos generales “La Guadaña”, estaba firme detrás del mostrador, vestido con su delantal gris, y con las manos apoyadas una sobre la otra, esperaba el cotidiano desfile de clientes.

            Al ver, a través del ventanal, que la señora Borinsky cruzaba rápido, arqueó las cejas sorprendido.  Al entender que ella entraría a su local, el cuerpo del señor fuentes tomó una postura erguida, como la de los soldados de los ejércitos antiguos antes del combate. Al sonar la campanilla de la puerta, Don Fuentes sonrió:

- ¿Cómo le va, doña Elba, madrugando?

            Mrs. Borinsky, pálida y desencajada, miró a Fuentes.

 

-          ¡Vienen por mí, Juan Carlos! Llegó mi hora; lo sé. ¡Fíjese!, déle, ¡fíjese! ¿Ve si alguien me sigue?, no quiero mirar, no quiero mirarla a la cara, por favor dígame que no está…

      Fuentes, sus cejas tan arqueadas que prácticamente le llegaban al bisoñé, estiraba el cuello tanto como podía y lo balanceaba a un lado y al otro para descubrir al acosador.

-          ¡Cálmese, señora! No hay nadie.

            En ese preciso momento sonó la campana de entrada, lo que provocó un alarido de la señora Borinsky; Don Fuentes la tomó de las manos:

-          Tranquila, es Don Rogelio, que viene por un encargue...

-          ¡Ay, Roger!, gracias a Dios que es usted. ¡Me sigue! La siento, viene por mí…

-          ¿Quién? ¿Qué pasa? ¡Hay que llamar a la policía! – gritó Don Rogelio Guzmán mientras miraba para todos lados hasta las cejas de Fuentes que le revelaron lo inverosímil del asunto. Fuentes dijo:

-          Calma.

-          ¿Qué le ocurre, Mrs. Borinsky?

-          Roger, ¿cómo explicarlo? Me levanté esta mañana con tal dolor que mi cabeza parecía haber sido aplastada por una tropilla de caballos, me zumbaba como un moscardón encerrado en un frasco. Jamás me había pasado, Roger, jamás.

-          Pero, Doña – dijo Fuentes - ¿quién no se ha levantado alguna vez con resaca después de haber bebido unas copas de más? Sin ir más lejos, hace un mes, cuando se casó la menor de mis hijas, yo…

-          Por favor, Fuentes – dijo la señora Borinsky - no se trata de eso que, dicho sea de paso, ese vino barato que usted vende no le hace un favor a nadie. Acá ocurre algo… siniestro. Después de que paró el ruido de las moscas, recibí una llamada telefónica, y juro por el Jesusito del madero que provenía del Averno, una voz apagada, lúgubre, parecida a la del cura de la misa de siete.

-          ¿No se habrá olvidado la capelina en el primer banco? – preguntó Roger con una ironía que sólo don Fuentes captó y lo demostró con una sonrisita cubierta por la palma de su mano.

-          A la misa de siete sólo van viudas y prostitutas, que Dios me perdone – dijo la señora Borinsky - pero yo no me casé ni he cobrado un duro por amoríos. No me distraigan con ideas vacías. No se dan cuenta de que puede ser la última vez que respiro el aire en esta...

Fuentes, con un tono que develaba preocupación por las cuentas adeudadas por la señora, exclamó:

-          ¡Dios no lo permita! Pero díganos, ¿qué le dijo la voz?, ¿la amenazó?, ¿le gritó obscenidades?, ¿escuchaba jadeos mudos...?

-          Por favor, Juan Carlos, que cabeza tan calenturienta la suya. Nada de eso. Esta persona, si es que se la puede llamar así, con unos modales que no he visto desde que en mis años de juventud los caballeros de verdad le cedían a una el asiento en el tranvía, me dijo algo así como “estimadísima señorita Borinsky, usted ha sido elegida entre las miles de almas que habitan en todas las casas del barrio para realizar el viaje más importante de todos, el viaje sin retorno…”. Y entonces mis gritos hicieron temblar los cimientos de mi vieja casa, que con tanto esfuerzo levantó mi querido padre, Dios lo tenga… 

-          Pero, vamos, mi estimada, pudo haber sido una broma, en estos tiempos los muchachos ya no saben cómo embromar la paciencia ajena.

-          Claro, Don Rogelio, usted tiene razón, yo nunca escuché que la Parca – al decir  esto, Juan Carlos hacía cuernitos con sus manos – tuviese la amabilidad de llamar a uno por teléfono para avisarle una cuestión tan… irreversible. Mire usted si al finado Marito Castagnola le hubiesen dicho que el colectivo de la 107 iba a llevarselo a pasear gratis cincuenta metros al salir de la cancha justo después haber presenciado cómo el equipo de sus amores descendía de categoría.

-          Y usted cómo sabe si él no había recibido el telefonema, tal vez hizo caso omiso. – justificó la señora Borinsky.

-          Igual yo creo que el asunto de Mario tiene que ver con una depresión muy grande frente al irremediable descenso a la B, lo que lo llevó a cometer prácticamente un suicidio – dijo Mr. Roger.

-          No diga disparates, hombre – suplicó Don Fuentes – Marito no era de esos.

-          Basta, por Dios… ¿No ven que la próxima seré yo? Los hombres son todos iguales. Por eso jamás he formado pareja; las mujeres nunca tenemos un problema lo bastante importante para ustedes. Me dan asco. Si algo me pasa, ojalá que la conciencia les pese como para que arrastren sus huecos marotes por el suelo.

 ¡Adiós!

 

            Al retirarse de la tienda, la señora Borinsky dejó flotando esa sentencia.  

-          ¿Y la cuentita pendiente, señora Borins…? – insinuó en vano el tendero.

-          Vaya mujer, ¿no?

-          Es una pena, enloquecer así. Ahora, ¿se imagina usted que la muerte nos llame por teléfono? ¿Quién pagaría esos llamados? – dijo Don Fuentes

-          Nos los cargarían en la cuenta de los vivos.

-          O de los otarios, como dice el tango.

 

            Una vez dicho esto, sonó el teléfono que estaba sobre el mostrador, y los dos hombres se esforzaron para no traslucir el terror en sus caras. Miraron durante unos segundos el aparato que gemía.

 

-          ¿Y, don Fuentes? ¿No va a atender?




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