El Pacto
Haber ido a un colegio ingles me dejó en la vida tres cosas imborrables: una perfecta pronunciación, un estupendo dribbling y un maravilloso grupo de amigas. Aquel día yo estaba con ellas, sentada a la mesa de un restaurante. Veintiún ojos (Marichú había perdido uno por un bochazo en un partido contra un equipo de La Tablada) estudiaban mis gestos, como si pudieran revelar el misterio de quien está a punto de casarse. Mi imaginación no pudo anticipar que esa noche ocurriría algo más que la entrega de los clásicos regalos de una despedida de soltera. Yo exhibía las tangas, las medias, las pantuflas y los artículos de limpieza que ellas me entregaban, y cada regalo que abría era acompañado de un “uhh”, como si bailara un stripper contratado para la ocasión. Regina y Mary Lu murmuraban en una punta de la mesa, una imagen que me traía cierta nostalgia. Ellas siempre habían sido las especialistas en planear las más desopilantes travesuras en el colegio, y si no que lo cuente Miss ...