El Pacto
Haber ido a un colegio ingles me dejó
en la vida tres cosas imborrables: una perfecta pronunciación, un estupendo dribbling
y un maravilloso grupo de amigas. Aquel día yo estaba con ellas, sentada a la
mesa de un restaurante. Veintiún ojos (Marichú había perdido uno por un bochazo
en un partido contra un equipo de La Tablada) estudiaban mis gestos, como si pudieran
revelar el misterio de quien está a punto de casarse.
Mi imaginación no pudo anticipar que
esa noche ocurriría algo más que la entrega de los clásicos regalos de una
despedida de soltera. Yo exhibía las tangas, las medias, las pantuflas y los artículos de limpieza que ellas me
entregaban, y cada regalo que abría era acompañado de un “uhh”, como si bailara
un stripper contratado para la ocasión. Regina y Mary Lu murmuraban en una punta
de la mesa, una imagen que me traía cierta nostalgia. Ellas siempre habían sido
las especialistas en planear las más desopilantes travesuras en el colegio, y
si no que lo cuente Miss Susan que fue víctima, junto al inodoro del “teachers
restroom”, de ellas dos.
Cuando se disolvió mi sonrisa tras el
recuerdo de la Miss que corría como un diablo por el pasillo con la bombacha
por las rodillas, Regina Samoré pidió la palabra y con solemnidad dijo:
-
Samy,
amiga de la vida a través de todos estos años, en este sencillo acto te hago
entrega de un presente que iluminará… perdón, debería decir electrificará tus
noches en la soledad de un muy posiblemente aburrido matrimonio.
Con una seña ordenó a Mary Lu que me
entregara una caja con estampados tipo patchwork y cerrada por un moño de raso
blanco. Abrí la caja con suspenso, aunque era la única que no conocía su
contenido.
Nunca había tenido en mis manos un
vibrador, y por lo que pude ver en las risitas de mis amigas, ellas tampoco. No
era demasiado grande, y supuse que la innata pacatería de las chicas les había
impedido comprar uno mayor. Dije:
-
Cuando
quieran se los presto.
El restaurante empezó a llenarse y el
ambiente ganaba en diversión en relación a la cantidad de vinos espumantes que
entraban a nuestra mesa. Yo estaba desatada, dispuesta a todo, como una condenada
a muerte. Ellas lo notaron, y ahora era el turno de Mary Lu.
-
Samy,
no ibas a creer que esto terminaba aquí. Tenemos preparada una prenda… en
realidad son dos, pero podés elegir.
La propuesta me encantaba y las animé a que cumpliesen con el desafío.
-
Muy
bien – continuó Mary Lu – la primera opción consiste en la clásica vuelta al
perro por la ciudad en el baúl de un auto, semi desnuda; tal vez te atemos a
las rejas que rodean el obelisco y te llenemos de huevos y harina para sacar
cientos de fotos que subiremos a las redes sociales para que todas nos riamos
del asunto salvo vos.
En la otra propuesta,
para que veas que somos verdaderas amigas, no habrá fotos ni risas, ni huevos ni
espectadores. Sólo vas a disfrutarlo vos bajo la mirada de tus amigas
presentes.
Dije:
-
Bueno,
ya.
-
Mirá
a tu alrededor- dijo Mary Lu- tomate el tiempo que necesites, buscá entre todos
los hombres que hay en este lugar y elegí uno; a ese que elijas lo vas a besar,
un beso bien largo y con mucha pasión.
Los “uuhh” y aplausos de las chicas
revolvieron el alcohol que había en mí. Rechacé las propuestas, pero sabía que ellas
no se detendrían hasta cumplir con alguna de ellas, así que saqué la balanza y
sopesé.
El tipo era de pelo castaño y tenía
barba de tres días. Lo que más me llamaba la atención era su sonrisa muy
blanca. Les aclaré a las chicas que ni loca iba a encararlo yo, por lo que pedí
que alguna lo hiciese por mí. Enseguida, Laura Villafañe tomó como propio el
desafío: si había algo que le fascinaba era seducir a los hombres, en especial
a los ajenos.
Los ojos del hombre se agrandaban a
medida que Laura le explicaba el asunto; sus amigos mostraban inevitables
sonrisas de envidia. Cuando ella terminó de hablar, el elegido me buscó con la
mirada, y si bien su rostro estaba colorado de vergüenza, se le notaba una malévola
determinación. Me recorrió un cosquilleo pecaminoso.
-
Hola,
soy Willy, así que te casás.
-
Sí,
la semana que viene
-
decirte
que es una pena está fuera de lugar, ¿no?
-
Sí,
bastante…
Se rió con sinceridad y eso me
sedujo; me apoyé en la pared del pasillo que iba a los baños, a mis lados
láminas con dibujos Pop Art; él sostenía una copa de champagne con speed.
Mientras Willy me arrinconaba decía unas palabras incomprensibles para mi
estado de ebriedad; y en seguida, con una mano me tomó de la cintura y acercó
su cara hasta tocar la mía con su nariz. Me susurró:
-
Podés
abrazarme si querés, está incluido en la tarifa…
No pensaba abrazarlo, ya bastante
culpable me sentía.
Él vació de un trago su copa y la
apoyó en el suelo, enganchó su dedo pulgar en una de las presillas de mi
pantalón y apoyó el resto de su mano en mi cola; con los dedos de la otra mano entrelazó el cabello
de mi nuca y me atrajo hacia él para mojar sus labios en los míos, como quien prueba
la temperatura de una papilla. Se alejó unos centímetros, miró primero mi boca
y enseguida mis ojos. Cuando volvió a besarme, lo primero que sentí fue el
gusto dulzón de la bebida energizante y su contraste con el ácido extra brut.
Hasta ese momento yo creía controlar la situación, pero unos segundos después
Willy me apretó contra su cuerpo y comenzó a jadear, lo que me contagió al
instante.
Lo lógico hubiera sido, según las
chicas y mi conciencia, un beso de no más de uno o dos minutos, y sin embargo nos
besamos y mordimos durante diez minutos bajo la mirada de mis compañeras del
colegio, sin fotos, sin risas y lejos del ridículo que representaba la otra
opción.
Me casé una semana después, con
fiesta en uno de los mejores salones de Buenos Aires. Yo no conocía ni a la
mitad de los invitados, todos compromisos de mis suegros y de mis padres, pero a pesar de eso, entre la gente podía
contar con veintiún ojos guardianes,
cómplices y testigos; para mis amigas yo
era más que una simple novia, era una heroína moderna a partir de la cual decidirán su futuro en términos de más cerca
o más lejos del “modelo Samy”.
Fuimos de luna de miel a una exótica
isla de Indonesia de nombre impronunciable. El clima y el paisaje me
predisponían para el sexo como hacía mucho tiempo me pasaba. Mi flamante marido
había tomado nota, por lo que aquellos días pasaron en una batalla sexual sin
respetar horarios ni lugares.
En la sexta noche, pocos minutos
después de haber alcanzado un prolongado orgasmo sobre la reposera, en el
balcón de la cabaña que colgaba sobre el mar, volvió el húmedo recuerdo del
beso de Willy y persistió en las noches que quedaron.
De regreso en Buenos Aires, la espuma
del casamiento decantó a los pocos meses, y dio paso a la monotonía. Mi esposo
me había prometido que yo no tendría necesidad de trabajar, idea que acepté de
inmediato, pero en esta nueva circunstancia me lo replanteaba.
-
No,
mi amor, ¿para qué? Mi madre no trabajó en toda su vida y mirá lo bien que
está, ¿vos le darías la edad que tiene? Disfrutá todo lo que quieras, que
dinero nunca nos va a faltar…
Me irritaba que me comparase con su
madre, como si ella no hubiese gastado miles de dólares en cirugías.
Los días pasaban y la rutina me
adormecía cada vez más. Las noches me sorprendían con un copón lleno de malbec
y pensamientos en los que Willy me hacía el amor en el baño de aquel
restaurant.
Ordené varias veces el departamento.
Desembalé todo lo que me quedaba de los regalos de la boda y mientras hacía una
limpieza de papeles personales encontré la tarjeta.
Después de aquellos excitantes diez
minutos, Willy pidió mi teléfono y lo
miré con cara de “qué estúpido”; entonces él, sin dudarlo, sacó una tarjeta personal
y la puso en el bolsillo de mi pantalón.
Y ahí estaba yo, con una tarjeta en
la mano, pero no era una simple tarjeta, era un contrato, un pacto diabólico, y
lo supe al leer el nombre. Con eso, mi cuerpo entró en un estado de ebullición
inmediata que pude sumergir en la bañera mientras electrificaba los dulces
recuerdos de los besos de Willy.
La semana pasó con mucha ansiedad y
con un comportamiento extraño, como si mi mente vagara perdida, o al menos eso
era lo que mi marido había notado en mí, pero sin mostrar preocupación alguna.
No aguanté más y marqué el número. La voz de Willy me
derritía del otro lado.
-
Hola,
Willy, soy Samanta, la chica que besaste antes de ...
-
….
-
Disculpa
que te llame, pe…
-
Al
fin, pensaba que nunca más iba a saber
de vos.
-
No
tengo idea de por qué te estoy llamando.
-
No
es idea tuya, es el destino, es lo que tiene que ser.
Que yo le había vendido mi alma a
aquel hombre lo confirmé en esa charla, y en las siguientes lo reconfirmé.
Un sábado a la tarde, cuando mi marido
jugaba al golf con sus socios, nos encontramos en un “barsucho” de mala muerte
en el Once. Él me esperaba desde hacía rato, y si bien no me lo dijo había una
taza de café vacía en la mesa. Los dos algo tensos, al principio hablamos de cosas
triviales pero a medida que pasaban los minutos, nuestras miradas y gestos dialogaban
en paralelo. En determinado momento Willy me contaba algo sobre uno de sus
clientes cuando sin pensarlo se me escapó una frase que en otra circunstancia jamás
hubiera dicho: - callate, Willy, dame un beso de los que me gustan.
El hotel se llamaba, para mi asombro,
“Los angelitos”, y parecía un buen lugar para sellar un pacto con el Diablo. En
el ascensor me sentía un poco intranquila, pensaba en mi esposo, en el
casamiento, en mis padres, en las chicas, hasta que Willy me rodeó la cintura
con sus grandes manos y…
Willy apenas pudo cerrar la puerta de
la habitación: Lo tomé del cinturón y lo empujé hasta la cama. Me senté sobre
él y comencé a besarlo como loca; Cuando pasé mi lengua por su cuello, él soltó
una risita nerviosa y cuando llegué a su oreja, se retorció. Le abrí la camisa
y mordisqueé sus tetillas hasta hacerlo gemir. Para ese entonces ya sentía cómo
su erección presionaba contra mis pechos. Me levanté y me saqué la blusa, mis
tetas firmes hipnotizaron a Willy. Él también se levantó y las tomó como a dos
manzanas prohibidas.
Algunas cosas ya se develaban en mi mente, aunque por el
momento no lo tenía tan claro.
Le saqué la ropa con violencia y me
detuve a mirarlo, cordero vigoroso recostado en la cama. Me abalancé sobre él,
pero en un acto de macho orgulloso Willy me detuvo para sacarme los pantalones.
Quiso que me quedara con la tanga, la misma que me habían regalado las chicas
el día en que lo conocí. Volvió a acostarse porque intuía que yo tenía muchos
planes para él.
Cuando jugaba al hockey sabía que,
mientras yo tuviera la bocha, siempre estaría al mando. Ese era el único lugar
en donde me sentía, altiva, creadora. Podía driblear a cuanta rival se me
enfrentara y sentir su furia frente a la impotencia.
Así me sentía esa tarde con Willy.
Él gritaba de placer mientras mi boca
subía por sus rodillas, mordía sus piernas con lentitud hasta erizarlo. El placer se expandía hasta presionar los
límites del cuarto. Me tomó del cabello y obligó a que me sentara sobre él.
Cabalgué hacia un horizonte que parecía nunca llegar, mientras sus dedos
inquietos jugaban con mis pezones. Lo besé hasta casi ahogarlo; ensucié sus
oídos con palabras obscenas; lo rayé con mis uñas nacaradas, y lo obligué gritar
mi nombre mientras yo gritaba el de él.
En un momento me alejé de él
abruptamente, y vi su semblante pálido, brillante de transpiración. Lo dejé
respirar, hipnotizado frente a mi mirada. Lo aparté y me aferré al respaldo de
la cama, miré sobre mi hombro y lo invité a que embistiera. Willy dio su último
grito de guerra y me penetró con violencia, se sujetó a mis crines con una mano
mientras con la otra palmeaba mis ancas.
Un respingo se apoderó de mi cuerpo,
y desde mi espalda brotaban tentáculos con cientos de bocas que cubrían a Willy
y no lo dejaban que se moviera. Mi piel se tornó violácea, al igual que los
labios de mi vagina que, voraces deglutieron a Willy cuando llegaba al orgasmo
en el mismo momento de su muerte.
Mientras me arreglaba el cabello
frente al espejo, sonreí con malicia al ver el reflejo de Willy que, plácido e
inocente, roncaba como todo idiota capaz de firmar un pacto con el Diablo.

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