El pescador de Tiberíades
Ruben golpeó la mesa con el puño y, enojado, miró a Felipe que ni se inmutó. - Vos querés que me crucifiquen, ¿no? ¿No te das cuenta de que por tu insolencia nada me impediría sacar la espada y decapitarte sin siquiera un juicio de por medio? - Y cómo te pensás que vamos a terminar todos los que lo seguimos, Ruben; eso para mí no es una amenaza, es la certeza del final de esta vida… Vamos, primo, comprendeme, comprendenos… - Cómo se te ocurre, Felipe. Soy el prefecto de esta ciudad, el representante del Imperio Romano y darte lo que me pedís significaría mi final. - No exageres. Hemos reunido doscientos denarios, suficientes como para sobornar a tus funcionarios más fieles. – Felipe hizo una pausa: - Necesitamos esos pescados, hay miles de personas h...