El pescador de Tiberíades




Ruben golpeó la mesa con el puño y, enojado, miró a Felipe que ni se inmutó.

-          Vos querés que me crucifiquen, ¿no? ¿No te das cuenta de que por tu insolencia nada me impediría sacar la espada y decapitarte sin siquiera un juicio de por medio?

-          Y cómo te pensás que vamos a terminar todos los que lo seguimos, Ruben; eso para mí no es una amenaza, es la certeza del final de esta vida… Vamos, primo, comprendeme, comprendenos…

-          Cómo se te ocurre, Felipe. Soy el prefecto de esta ciudad, el representante del Imperio Romano y darte lo que me pedís significaría mi final.

-          No exageres. Hemos reunido doscientos denarios, suficientes como  para sobornar a tus funcionarios más fieles. – Felipe hizo una pausa: - Necesitamos esos pescados, hay miles de personas hambrientas.

El sol ganaba fuerza y cada vez resultaba más difícil mirar el lago Tiberíades, su reflejo era cegador. Ruben dijo:

-          Dicen que cura a los enfermos.

-          Vos sabés que es cierto, por eso tanta gente lo sigue.

-          Y entonces, ¿por qué no multiplica los peces? Si se hace llamar el hijo de Dios, ¿cuánto le costaría alimentar a la multitud?

-          No seas infantil. Una cosa es sanar con la palabra y otra muy distinta hacer que aparezcan peces de la nada.

-          Pero entonces qué necesidad tiene de darles de comer. 

-          Porque si él puede saciar el hambre en este mundo, ese hambre que produce el Imperio por la presión de sus impuestos, en la nueva vida nada podría detenerlo.

-          En definitiva, para que quede claro, lo que ustedes buscan es un hecho político.

-          No es tan sencillo. Él nos enseñó que lo que es del César es del César, que la política es para los romanos. Nosotros necesitamos que la gente crea, pensar que todo no acaba en la miseria de la carne putrefacta, que más allá hay un lugar para los justos, para los arrepentidos, para los que aman a Dios.

-          Felipe, ¿te acordás que de niños pasábamos horas y horas frente a este lago? Estábamos llenos de sueños.

-          Sí, siempre me corrías con una vara a modo de espada, con los años nada ha cambiado mucho.

 Rieron un rato largo y representaron con mímica los juegos de la niñez hasta que…

- No lo sé, Felipe, esto no va a terminar bien.

 Ruben miraba por la ventana los barcos atestados de pesca; Felipe posó la mano sobre el hombro de su primo y en un susurro le dijo:

-          ¿Sabías que tu familia está allí?

-          No pude detenerlos.

-          Mientes, Ruben, sé que nadie puede negarse al prefecto de Tiberíades, y menos tu familia. Los dejaste ir porque vos también creés en Él… No digas nada, no quiero que te sientas humillado.

- …

- …

-          ¿Cuánto necesitás?

A Felipe se le iluminó el rostro y, desbordado de alegría, dijo:

-          Hay cuatro mil o cinco mil personas. Mientras nosotros hablamos, otros grupos recolectan panes en las ciudades que bordean el mar de Galilea.

-          ¿Podrás conformarte con dos mil?

 -  Sí, sabré multiplicarlos. 

-   Vete y más vale que haya otra vida.

Historias similares sucedieron alrededor de las costas de Galilea. De Kursi zarparon las naves que llevarían los panes y los peces recolectados en Tiberíades, Magdala y Hamat; de Betsaida se utilizaron los carros para  transportarlos a Tabgha, en donde se reunía la multitud.

        Allí Jesús respondía a las preguntas de la gente. Algunas se referían a los prodigios que él realizaba: si podía convertir las piedras en oro, si podía volar como las aves, o si podía hacerles crecer extremidades a sus enemigos; otros lo interrogaban maliciosamente sobre si era posible derrocar al farsante de Herodes Antipas, asesino de su primo Juan el Bautista, o si era factible concertar un ejército de ángeles para arrebatar el trono de Roma.  Él respondía con paciencia y sabiduría, se explayaba en las explicaciones con historias dentro de otras historias, como si quisiera ganar tiempo.

Desde el lugar donde predicaba vio avanzar decenas de carros cargados de pescados y de panes.  Miró el cielo y agradeció a Dios.

Mientras repartían los alimentos, Jesús observaba el rostro de sus discípulos concentrados en la tarea. Intercambió una pequeña sonrisa con Felipe y, satisfecho, se levantó, extendió los brazos y dijo: - Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre. El que cree en mí jamás tendrá sed.

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