Tulio

Tulio entrecerraba los ojos y aspiraba la brisa del Éufrates que traía los perfumes de las madreselvas. Parado frente a las esposas del rey, sus pequeños pies de uñas esculpidas gozaban del frio mármol del palacio.

Ellas tomaban sus baños en inmensas tinajas desbordantes de pétalos de rosas, sus pieles atigradas resplandecían con la misma luz que inundaba el valle. Esas mujeres salvajes, porque así el rey las quería, miraban a Tulio en forma  burlona. Salían desnudas mientras drenaban por sus exquisitas formas arroyos que volvían de nuevo a la tinaja, para acercarse al oído de Tulio y descargar obscenidades prohibidas bajo la pena de muerte a quien las pronunciase en el palacio del rey; luego, con una risa fácil, lo aturdían.

Entre todas ellas había una que a Tulio confundía en sus sentimientos. Arina tenía una belleza de estirpe, no era como las demás.  Hija de un rey sometido, que como ofrenda de misericordia la dio a su conquistador, el gran Nabucodonosor II. Ella no hablaba con nadie; sus sirvientes la celaban de cualquier influencia ajena. Decretos reales impedían que alguien, fuera de su séquito, tomara contacto con la preferida del Soberano.

Tulio se había convertido en esclavo a la edad de doce años, su pueblo había sido arrasado en una de las interminables luchas por la consolidación del reino. Fue destinado, junto a decenas de niños, a trabajar en las canteras del Cáucaso. Desarrolló, así, un cuerpo tan formidable que sólo podría tener dos destinos: Guerrero o Eunuco.

Él conocía el por qué de ese semblante hosco con el que Arina se resguardaba del mundo. Los dos habían sido robados y obligados a vivir sus vidas como marionetas de un rey. Tulio lo veía en los ojos vacíos de Arina, que esperaban ser llenados por la muerte.

Muchos años soportó a las putas del tirano: sus vilezas y sarcasmos, sus miserables vidas y sus profanados cuerpos. Ni siquiera el dios Marduk, ese infame monstruo vestido de deidad, había escuchado sus suplicas para que acabara su vida como un guerrero en el campo de batalla, únicos merecedores del descanso eterno.

Arina, de pie mientras observa la fastuosa cuenca del río, recibe a unas manos esclavas que bañan su firme espalda; con sedas friegan su sexo y sus senos, lo que le produce un dulce parpadeo del que no tendrá retorno.

Fue como un ave de rapiña, certero, preciso… mortal. Nadie notó cuando el fornido cuerpo de Tulio traspasó la guardia y rompió en cuestión de segundos el fino y endeble cuello de Arina. Quienes manoseaban su esbelta humanidad, sólo lo supieron cuando cayó inerte en la fuente de baño.

Esa misma noche, la cabeza del eunuco palidecía a orillas del Río Éufrates.


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