Putear en el país de la libertad

 Putear es un acto de absoluta libertad individual. Putear a un Rey, a un tirano, o a cualquier gobernante indica que yo soy el soberano, que el límite, aunque no sea claro, es mi puteada. “God save the queen, the fascist regime”, chillaban los Sex Pistols, mientras sus fans eran cagados a palos por la policía.

Putear nos libera de la angustia, lo gritamos atragantados, puteamos a las madres, a las hermanas y, si es necesario, puteamos a Dios.Si alguien nos caga puteamos a mansalva, porque cuando nos cagan ya es tarde, y entonces los puteamos como Luppi puteó a Arteche y a su puta madre que lo parió.

Putear afirma lo bello, como un día de puta madre o un golazo de la concha de la lora; también nos ayuda a convencernos de nuestra condición, sino pregunten a Alterio que dijo: “la puta que vale la pena estar vivo”.

La historia se construyó en base a puteadas, así se cuenta que cuando los alemanas tenían sitiada a Moscú, Joseph Stalin, reunido con sus generales les dijo: “no ahorraremos compatriotas para detener el avance de estos putos nazis, levantaremos nuestras banderas rojas sobre sus cascos congelados”. Otras crónicas sostienen que cuando Napoléon Bonaparte estaba preso y abatido en la isla de Santa Elena escribió a su amada Josefina: “Casi nos quedamos con toda Europa, me cago en Waterloo y toda esa mierda”; y sin ir tan lejos: “soy yo, Cristina, pelotudo”.


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