La leyenda de los pandemials
La humanidad había llegado al límite; el contacto con el otro era simulación a través de los aparatos fusionados en sus manos. Las pantallas eran la realidad de las propias vidas, y sólo allí transcurrían.
Pero algo cambió: una plaga anunciada entre líneas en los libros sagrados, una conspiración de la élite o la simple mala cocción de algún animal; nunca lo sabremos.
Lo que vino a continuación nos obligó a encerrarnos y a desconfiar; todos éramos un foco de contagio en potencia, un arma y una amenaza. Discriminados y discriminadores vestíamos la misma piel. A las sociedades partidas entre ricos y pobres se le sumaban otras tantas divisiones que las atravesaba.
De esos tiempos poco se sabe ahora, excepto que todos empezaron a mirarse a los ojos, ya no se veían sonrisas o bocas abiertas de asombro, sólo miradas en las que se simplificaba la humanidad, y ese sexto sentido que desarrollamos era la llave hacia el alma del otro. Así aprendimos a construir un nuevo mundo, uno en el que todo se ve.

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