La especialidad olímpica de James Halbroock

 

Participar en los Juegos Olímpicos siempre había sido el sueño de James Halbrook. Ya desde pequeño, cuando rompía las farolas públicas con la gomera, su tío Frank decía orgulloso: “qué puntería tiene el niño”.

Apenas ingresado en la escuela secundaria, James la representó en la competencia anual de tiro al blanco organizada por el condado Anaheim, lo que le valió un segundo puesto y la clasificación para el campeonato Estatal que, tras un intento fallido, James ganó al año siguiente con holgada diferencia sobre su segundo.

A lo largo y ancho del país de la Asociación Nacional del Rifle y de la Segunda Enmienda participó de innumerables competencias, y en todas ellas fue protagonista. Como resultado, una revista especializada lo llamó “El Joven de la puntería de oro”.

Sus desafíos eran cada vez mayores, muy pronto le llegó la responsabilidad de asumirlos como un profesional. Para ello estaba el tío Frank, un veterano de guerra que vestía siempre una campera militar en la que lucía las medallas obtenidas en la Guerra del Golfo de la última década del siglo veinte. Uncle Frank empezó a manejar la carrera de su sobrino: elegía los torneos de acuerdo a los premios y rechazaba aquellos que no pudieran agregar nada a la trayectoria de James.

El joven se sentía aliviado de tener a su tío cerca, ya que le aterraba la idea de terminar encargado de la tienda de venta de ropa de cama, propiedad de sus padres; con Frank como representante podría cumplir su deseo de ser el mejor tirador del mundo, y a juzgar por cómo estaban las cosas, el camino se veía despejado.

Como tantos veteranos de guerra que han visto lo peor de este mundo, Frank tenía opiniones absolutas para cualquier tema por más contradictorio que pudiera ser, desde sostener la necesidad de que Estados Unidos continuase como gendarme del mundo, con el derecho divino de invadir donde fuere, o reclamar la libre decisión de las mujeres a abortar sin ningún tipo de restricción, y cada postura la defendía con energía, hasta “con los puños en los bares y con el fusil en el campo de batalla”, según decía a sus amigos. Una de sus posturas extremas era el plan, “diseñado por el Señor”, para que su sobrino James conquistara el mundo con sus habilidades.

Para que esto ocurriera, Frank convirtió a James en un niño mimado: consentía sus caprichos, y como eran pocos, uncle Frank le inventaba nuevas necesidades. Eran habituales las peleas con los conserjes de los hoteles donde se alojaban: “No me diga que usted puede dormir en esta pocilga”, “mi muchacho no puede descansar en ese colchón mugroso”, “vamos, amigo, esta comida es peor que la que le dábamos a los prisioneros iraquíes”, “¿servicio?, ¿acaso usted llama servicio a algo que ofrezca este hotel? La situación más vergonzosa ocurrió en el Road Inn de la ciudad de Fremont, en Nebraska. Hacía un tiempo que el tío Frank quería que su sobrino se convirtiera en un hombre de verdad, porque, según decía, “un hombre no es un hombre hasta que sabe usar sus dos armas, muchacho”. Solicitó por catálogo de internet a una señorita que se presentó con el nombre de Lydia, en esa ocasión el tío Frank estaba más entusiasmado que su sobrino, que había aceptado sin ganas la propuesta, más para complacer a su tío por el esfuerzo que por él. Esa noche James se convirtió en un “verdadero hombre”, y luego Frank le pidió que se fuera a dar una vuelta por la ciudad, ya que Lydia y él debían arreglar unos asuntos, “tú entiendes, muchacho”, le dijo mientras le guiñaba el ojo del párpado caído, el de la secuela de la guerra. Cuando James regresó, un par de horas después, uncle Frank tenía las valijas listas: “muchacho, nos iremos ya mismo de este lugar infame”. Salieron bajo la lluvia ante la mirada feroz de los hombres de seguridad del hotel. James no preguntó nada: sabía que las botellas de vodka vacías en toda la habitación habrían puesto a Frank algo ruidoso, pero era su tío, el hombre que velaba por su sueño.

Un verano en el que James había ganado el primer premio de tiro al blanco organizado por la filial local de la Asociación Nacional del Rifle de Richmond, en el estado de Virginia, apenas terminados los aplausos James comenzó a desarmar su rifle para guardarlo, siempre con la asistencia de uncle Frank, pero en determinado momento sintió que su tío abandonaba la tarea y se alejaba unos metros de él. Cuando James giró para mirarlo, dos hombres uniformados se le acercaron y se presentaron como el Coronel Crowled y el Mayor Evans, ambos miembros del Ejercito de los Estados Unidos de América: “Hola, hijo, el gobierno necesita de tus servicios”. El tío Frank tenía el pecho hinchado de orgullo, pero James rechazó la propuesta de los hombres mientras veía que su tío se deshacía en la tristeza: “Mi sueño son los Juegos Olímpicos, caballeros, sepan disculpar”.

 

La especialidad olímpica de James Halbrook era carabina a cincuenta metros. Al llegar su turno, tendido en el suelo, ejecutó el primer disparo de los diez que corresponden a laprimera serie de seis. No estuvo conforme, pero sabía que era el principio y no dudaba en el “Plan del Señor”. Antes de efectuar el segundo disparo midió la velocidad del viento, pero era insignificante, tomó aire y deslizó con suavidad el dedo en el gatillo: a medida que exhalaba hizo la suficiente presión para que el disparo fuera perfecto y diera justo en el blanco. Faltaba poco para alcanzar el objetivo, James lo sabía y se concentró más.

El calor agobiaba, pero a pesar de las gotas de sudor que se deslizaban por su rostro, James acertaba en el blanco una y otra vez; oía el apoyo silencioso detrás de cada disparo, estaba cerca de lograrlo: las medallas, el reconocimiento y el deber cumplido.

Antes del último tiro, utilizó la manga de su chaqueta para secarse el sudor de la frente, respiró profundo y apretó el gatillo: la cabeza del talibán se partió como un melón; las hurras y vítores envolvieron a James en un orgullo que nunca antes había sentido, las palmadas de sus compañeros era el pago más importante jamás recibido. Una vez franqueada la entrada de la ciudad, las tropas de ocupación ingresaron a Kabul.


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