El Hombre que repetía sus discursos
Todos ustedes saben
que Don Roberto Lupachini repetía por horas el mismo discurso. Dicho así,
parecería que escuchar a Lupachini significaba una tortura al oyente distraído,
pero no: sus largas, floridas y emocionantes alocuciones atrapaban hasta la
atención del más inquieto, ya sea niño, adulto o adolescente embotado en
ensueños amorosos.
El diecisiete de
julio de mil novecientos ochenta y dos Don Roberto se hizo cargo de la
presidencia del Club Amigos de Saavedra, una institución modelo no sólo para el
barrio sino para todo club social que se precie de serlo. La cuestión fue que,
en su discurso inaugural, Lupachini mostró sus cualidades oratorias en cuatro
horas y treinta y cinco minutos, según el reloj que colgaba de la pared de la
cancha de básquet. Algunos pasajes del discurso pudieron ser transcritos gracias a la vocación de Elba Suárez de Ordóñez, titular de actas, que gracias
a sus años de directora de escuela pudo registrar párrafos inolvidables:
“… y yo les pregunto a ustedes, queridos socios ¿por qué estamos acá?
¿Qué nos mueve a dedicar nuestro tiempo y esfuerzo en un club que no es de
nuestra propiedad? ¿Acaso el mundo de hoy no se mueve con egoísmo y descaro
hacía el prójimo? Dejenmé que yo les conteste: estamos acá para honrar a los
que nos precedieron, honrar a Don Severino Buscaglia, que apenas terminó de
levantar su casa con sus propias manos fundó este maravilloso club del que hoy
nos enorgullecemos…”
En otro pasaje,
Lupachini recordaba las glorias deportivas que habían hecho grande al club:
“…
Leonardo Sanchez, nuestro habilidoso centrojás, que de tanto meta y meta nos
llevó como un meteoro a la final del metropolitano de clubes barriales; y cómo
olvidar al japonés Briante, ese dechado de sabiduría en pelota paleta que
humilló al uruguayo Horacio Mengano, que así como vino, el japonés lo devolvió
al otro lado del charco con la paleta de adorno… (risas burlonas)…”
Y así se sucedían
decenas de anécdotas relatadas por Lupachini, unas deportivas, otras de socios
ilustres, una memoria detallada sobre la expansión edilicia del Club, la
donación de los terrenos de Sergio Buscaglia, hijo del socio fundador, y por
supuesto las infaltables historias de los famosos que habían pasado por el
club:
“…
y quién no recuerda, en aquellos años… Doña Pascuala no me deje mentir… sí, ya
sé que usted es más joven que yo… (risas) cuando vino la señora… sí, claro, de
qué señora voy a estar hablando, la de los almuerzos… y qué revuelo hubo en el
club, no nos daban las manos para fabricar una placa para entregarle a la
señora, si hasta tuvimos que despertar de la siesta al gallego Domínguez para
que abriera el taller… Bueno, sí, también vino la Alfano… que los pibes
estaban… (muchas risas).
Pero sucedió que, cuando
el reloj de la cancha de básquet señalaba dos horas de disertación, algo
sorprendió a los presentes: Don Roberto Lupachini volvía a recitar desde el
principio su discurso inaugural.
“… y yo les pregunto a ustedes, queridos socios ¿por qué estamos acá?
¿Qué nos mueve para dedicar nuestro tiempo y esfuerzo en un club que no es de
nuestra propiedad?...”
Nadie se inmutó ni
hubo miradas cómplices, tan sólo algunas risitas de los más jóvenes de
inmediato acalladas por los rostros adustos de los miembros de la comisión
directiva.
Lupachini era un
hombre muy respetado tanto en el club como en el barrio, y por eso, cada vez
que tomaba la palabra los socios se reacomodaban en sus sillas para escuchar,
quien sabe por cuánto tiempo, sus sentidas palabras.
Mientras Lupachini
ejerció la presidencia, los socios se mantuvieron en permanente conocimiento de
la actualidad del club. Los días de asamblea, a las diecinueve horas en punto, el
presidente comenzaba a exponer la memoria y rendición de cuentas; frente a
ello, algunos aprovechaban para concurrir más tarde, justo en el momento que Lupachini
iniciaba la repetición. De la misma manera, los que entrenaban a esa hora, como
los de básquet, aparecían bañados y perfumados para escuchar lo que se habían
perdido en la primera parte, presencia que habilitaba a retirarse a los que
entrenaban en el segundo turno, ya informados de los quehaceres del club.
En mil novecientos
ochenta y seis, Lupachini fue reelecto para cumplir con su tercer mandato al
frente del Club de Amigos de Saavedra, pero los tiempos habían cambiado. Habían
ingresado nuevos socios, ajenos a los usos, costumbres y valores fundacionales
del club, y así, cuando Don Roberto iniciaba el continuado de algún discurso empezaron
los tibios silbidos. Pronto se interpusieron quejas de presuntuosos abogados que
argumentaban haber elegido este club para distenderse de sus ajetreadas vidas y
no para escuchar a una persona “insana”(así calificaban a Don Roberto) repetir
lo mismo una y otra vez.
Claro que todo
“lloriqueo”, según llamaba la Comisión Directiva a las críticas hacia los
discursos de Lupachini, caía en saco roto, y se sobreentendía que bajo ningún
motivo podía llegar a oídos de Don Roberto.
Haber obtenido el
campeonato municipal de Básquet de mil
novecientos ochenta y siete marcó un hito en la administración de Lupachini, no
sólo porque incrementó la afluencia de socios, sino porque los nuevos tiempos
exigían profesionalismo en la conducción del club, y por lo tanto, para las
nuevas generaciones, lo viejo debía dar un paso al costado.
Y así lo hicieron
saber el veintiuno de marzo de mil novecientos ochenta y ocho, al cumplirse el
cincuenta aniversario de la fundación del Club, cuando en un emotivo discurso de
Lupachini, los vándalos de ese deporte de elite, el tan renombrado rugby, del
que el mismo Don Roberto había luchado para lograr su inclusión, cortaron la
luz desde el tablero mayor. El pánico que se apoderó entre los socios debido a
la total oscuridad casi empaña por completo el festejo si no fuera porque el
presidente, Don Roberto Eleuterio Lupachini, tras haber rebuscado debajo de la
mesa, extrajo de allí un aparato de altavoz para continuar con su discurso, que
en esta ocasión cerró en cuatro horas y veintidós minutos.
Pero sucedió que, en la
siguiente elección, Don Roberto perdió la presidencia por tan sólo tres votos.
Algunos leales sugirieron llevar el caso a la justicia con el argumento de que
la oposición había cometido fraude. Pero cuando las ideas sobre qué hacer ya
llegaban al extremo de proponer la aplicación de una paliza correctiva a los
integrantes de la lista rival, ya que el tesorero Fernández decía contar con el
apoyo de tres cinturones negros de taekwondo del club y dos boxeadores que prometían,
Lupachini tomó la palabra, y doña Elba Suárez, ahora viuda de Ordóñez, la
lapicera para registrar el último discurso de don Roberto y así poder
transcribir, no sin correr la tinta con sus lágrimas, el siguiente pasaje:
“Amigos
míos, ¿ustedes se detuvieron a pensar en qué nos diría Don Severino Buscaglia
en estos momentos? Diría nada de violencia, nada de peleas… Amigos: don
Severino llegó a nuestro barrio huyendo de la miseria que asolaba a la Europa de
aquellos tiempos, y en su visión, lejos de las luchas fratricidas, soñó con un
club de barrio que contuviera todas las sonrisas de sus socios, toda la
diversión de los pibes, toda la gloria propia sin humillar al otro, porque no
hay gloria real si ésta se consigue a costa del sufrimiento del prójimo… eso,
mis amigos, se llama sometimiento…”
Todos
se quedaron callados: las palabras de Lupachini emocionaban hasta las lágrimas.Algunos
se acomodaron sobre sus asientos para volver a escucharlo, pero Don Roberto
Lupachini, el hombre que repetía sus discursos, en lugar de recomenzar, esta
vez guardó silencio.
Ese día se fue del
club y ya nunca quiso volver, pese a la insistencia de sus viejos amigos y a
algún tardío reconocimiento por parte de las nuevas autoridades.
Pocos meses después,
a Lupachini se lo llevó un cáncer que le cayó como un rayo, y la comunidad de
Saavedra se quedó sin uno de sus ciudadanos más ilustres.
El cementerio de la
Chacarita estaba repleto. Las autoridades nuevas y antiguas se habían hecho
presentes; todos los deportistas desfilaban con sus ropas características: así
primereaban los futbolistas y quien portaba el estandarte del club era nada más
ni nada menos que Leonardo Sánchez, aquel habilidoso centrojás; detrás sobresalían
las cabezas de los basquetbolistas, quienes cargaban orgullosos la copa ganada
en el ochenta y siete; continuaba el equipo de rugby con algunos de sus
miembros abrazados por la vergüenza; y para finalizar, el equipo de tenistas
senior que levantaba sus raquetas en señal de respeto a medida que desfilaban ante
el lustroso ataúd de Lupachini.
Nadie se atrevía a
dar un discurso de despedida, porque, ¿quién podría estar a la altura de Don
Roberto?
Pero algo en mí, que,
valga la paradoja, no puedo explicar con palabras, me obligó a pedir silencio a
los presentes y asumí sin dudarlo el discurso de despedida:
“Todos
ustedes saben que Don Roberto Lupachini repetía por horas el mismo discurso.
Dicho así, parecería que escuchar a Lupachini significaba una tortura al oyente
distraído, pero no…”

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