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Mostrando entradas de 2020

El Hombre que repetía sus discursos

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  Todos ustedes saben que Don Roberto Lupachini repetía por horas el mismo discurso. Dicho así, parecería que escuchar a Lupachini significaba una tortura al oyente distraído, pero no: sus largas, floridas y emocionantes alocuciones atrapaban hasta la atención del más inquieto, ya sea niño, adulto o adolescente embotado en ensueños amorosos. El diecisiete de julio de mil novecientos ochenta y dos Don Roberto se hizo cargo de la presidencia del Club Amigos de Saavedra, una institución modelo no sólo para el barrio sino para todo club social que se precie de serlo. La cuestión fue que, en su discurso inaugural, Lupachini mostró sus cualidades oratorias en cuatro horas y treinta y cinco minutos, según el reloj que colgaba de la pared de la cancha de básquet. Algunos pasajes del discurso pudieron ser transcritos gracias a la vocación de Elba Suárez de Ordóñez, titular de actas, que gracias a sus años de directora de escuela pudo registrar párrafos inolvidables: “ … y yo les pr...

KONAMI

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  El hombre caminaba alrededor de Konami. La llenaba de halagos y zalamerías; no perdía oportunidad para arrancar flores de los cerezos que en esa época del año mostraban su esplendor. La muchacha hubiera deseado poder dar pasos más extensos, pero el largo del kimono se lo impedía. Su padre le había aconsejado casarse con el muchacho, un samurái aún joven pero con un futuro prometedor. Konami no entendía de matrimonio si no era resultado del verdadero amor, y así se lo repetía una y otra vez al muchacho que, sin embargo, la seguía a los saltos como un perro de compañía y le aseguraba que en su corazón no había lugar para nada ni nadie que no fuese ella. Entonces Konami tuvo una idea. Detuvo su marcha justo en la mitad de un puente que cruzaba un arroyo. Se acercó al joven y le susurró algo al oído. Al aspirante a samurái se le palideció el rostro y cayó de rodillas frente a su amada. Se secó con las mangas las lágrimas que empezaban a brotar y estiró las dos manos. Konami extrajo...

Tulio

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Tulio entrecerraba los ojos y aspiraba la brisa del Éufrates que traía los perfumes de las madreselvas. Parado frente a las esposas del rey, sus pequeños pies de uñas esculpidas gozaban del frio mármol del palacio. Ellas tomaban sus baños en inmensas tinajas desbordantes de pétalos de rosas, sus pieles atigradas resplandecían con la misma luz que inundaba el valle. Esas mujeres salvajes, porque así el rey las quería, miraban a Tulio en forma   burlona. Salían desnudas mientras drenaban por sus exquisitas formas arroyos que volvían de nuevo a la tinaja, para acercarse al oído de Tulio y descargar obscenidades prohibidas bajo la pena de muerte a quien las pronunciase en el palacio del rey; luego, con una risa fácil, lo aturdían. Entre todas ellas había una que a Tulio confundía en sus sentimientos. Arina tenía una belleza de estirpe, no era como las demás.   Hija de un rey sometido, que como ofrenda de misericordia la dio a su conquistador, el gran Nabucodonosor II. Ella no...

La leyenda de los pandemials

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  La humanidad había llegado al límite; el contacto con el otro era simulación a través de los aparatos fusionados en sus manos. Las pantallas eran la realidad de las propias vidas, y sólo allí transcurrían. Pero algo cambió: una plaga anunciada entre líneas en los libros sagrados, una conspiración de la élite o la simple mala cocción de algún animal; nunca lo sabremos. Lo que vino a continuación nos obligó a encerrarnos y a desconfiar; todos éramos un foco de contagio en potencia, un arma y una amenaza. Discriminados y discriminadores vestíamos la misma piel. A las sociedades partidas entre ricos y pobres se le sumaban otras tantas divisiones que las atravesaba. De esos tiempos poco se sabe ahora, excepto que todos empezaron a mirarse a los ojos, ya no se veían sonrisas o bocas abiertas de asombro, sólo miradas en las que se simplificaba la humanidad, y ese sexto sentido que desarrollamos era la llave hacia el alma del otro. Así aprendimos a construir un nuevo mundo, uno en ...

Reglas de etiqueta para usuarios de Zoom

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  Entre uno de los mayores accionistas de la pandemia 2020 (aclaro la fecha porque la ficción golpea las puertas de nuestras casas y quien sabe lo que nos espera en el futuro) está la aplicación Zoom. Si bien existen otras, esta quedó como una marca registrada en el inconsciente colectivo, más allá de que la conexión se haga por google meet, whatsapp o alguna otra; algo así como decir pasame la Savora para referirnos a la mostaza o haceme un paty cuando hablamos de la hamburguesa: ¿hacemos un zoom?, ¿hago un zoom para mi cumple?,  ¿tengo un zoom del laburo?, etc. Pero como todo fenómeno nuevo, las implicancias de este medio de comunicación directa en nuestras vidas se podrán apreciar en el largo plazo; pero en el mientras tanto debemos someternos a esta imposición de la mejor manera posible: antes muertos que sencillos. Y es aquí donde propongo determinadas, aunque no determinantes, pautas de etiqueta para usuarios de estas aplicaciones. Vestite Sí, hay que estar vestido de ma...

Putear en el país de la libertad

  Putear es un acto de absoluta libertad individual. Putear a un Rey, a un tirano, o a cualquier gobernante indica que yo soy el soberano, que el límite, aunque no sea claro, es mi puteada. “God save the queen, the fascist regime”, chillaban los Sex Pistols, mientras sus fans eran cagados a palos por la policía. Putear nos libera de la angustia, lo gritamos atragantados, puteamos a las madres, a las hermanas y, si es necesario, puteamos a Dios.Si alguien nos caga puteamos a mansalva, porque cuando nos cagan ya es tarde, y entonces los puteamos como Luppi puteó a Arteche y a su puta madre que lo parió. Putear afirma lo bello, como un día de puta madre o un golazo de la concha de la lora; también nos ayuda a convencernos de nuestra condición, sino pregunten a Alterio que dijo: “la puta que vale la pena estar vivo”. La historia se construyó en base a puteadas, así se cuenta que cuando los alemanas tenían sitiada a Moscú, Joseph Stalin, reunido con sus generales les dijo: “no aho...