KONAMI
El hombre caminaba alrededor de Konami. La llenaba de halagos y zalamerías; no perdía oportunidad para arrancar flores de los cerezos que en esa época del año mostraban su esplendor. La muchacha hubiera deseado poder dar pasos más extensos, pero el largo del kimono se lo impedía. Su padre le había aconsejado casarse con el muchacho, un samurái aún joven pero con un futuro prometedor. Konami no entendía de matrimonio si no era resultado del verdadero amor, y así se lo repetía una y otra vez al muchacho que, sin embargo, la seguía a los saltos como un perro de compañía y le aseguraba que en su corazón no había lugar para nada ni nadie que no fuese ella.
Entonces Konami tuvo una idea. Detuvo su marcha justo en la mitad de un puente que cruzaba un arroyo. Se acercó al joven y le susurró algo al oído. Al aspirante a samurái se le palideció el rostro y cayó de rodillas frente a su amada. Se secó con las mangas las lágrimas que empezaban a brotar y estiró las dos manos. Konami extrajo una espada corta que llevaba apretada entre el obi y su espalda y se la entregó. El muchacho se abrió el kimono y mientras miraba con devoción los ojos de Konami, introdujo el metal en su estómago. A los pocos segundos se desplomó, y cuando ya no la oía, Konami le susurró: “ahora sí, mi amor te pertenece”
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