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Mostrando entradas de 2010

El Pacto

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Haber ido a un colegio ingles me dejó en la vida tres cosas imborrables: una perfecta pronunciación, un estupendo dribbling y un maravilloso grupo de amigas. Aquel día yo estaba con ellas, sentada a la mesa de un restaurante. Veintiún ojos (Marichú había perdido uno por un bochazo en un partido contra un equipo de La Tablada) estudiaban mis gestos, como si pudieran revelar el misterio de quien está a punto de casarse. Mi imaginación no pudo anticipar que esa noche ocurriría algo más que la entrega de los clásicos regalos de una despedida de soltera. Yo exhibía las tangas, las medias, las pantuflas y   los artículos de limpieza que ellas me entregaban, y cada regalo que abría era acompañado de un “uhh”, como si bailara un stripper contratado para la ocasión. Regina y Mary Lu murmuraban en una punta de la mesa, una imagen que me traía cierta nostalgia. Ellas siempre habían sido las especialistas en planear las más desopilantes travesuras en el colegio, y si no que lo cuente Miss ...

El desfiladero

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En ese mismo hotel, veinticinco años antes, nos habíamos hospedado con mis padres, y ahora se veía un tanto diferente: la fachada estaba enmohecida, la maleza cubría las paredes, y casi todas las baldosas del camino de la entrada estaban sueltas. Se me ocurrió que nadie había vuelto a pisar ese lugar desde que nos fuimos en aquel verano. Un vaho húmedo y repugnante me detuvo en la puerta; tomé aire, me acerqué al mostrador de la recepción y toqué el timbre. Pedí la ciento veintidós; no sabía por qué aún retenía en mi mente el número de la habitación que habíamos ocupado en aquel entonces. El cuarto era más pequeño de lo que recordaba; dejé el bolso y el casco de la moto sobre la cama de arriba. En el baño me sacudí el polvo del camino. Apoyé sobre la mesa la caja de metal, y enseguida saqué de ella todos los elementos que necesitaba salvo uno que había olvidado. Me saqué los borceguíes, y a uno de ellos le quité el cordón. Vacié  una petaca de whisky en un vaso que encontr...

Ramos Generales

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Aquella mañana, la señora Borinsky caminaba rápido por una calle empinada que no le significaba esfuerzo a pesar de su edad y de los achaques que la asediaban, pero sucedía que Mrs. Borinsky, según se hacía llamar en algunos círculos pretenciosos, estaba aterrada.              Caminaba y giraba todo el tiempo la cabeza hacia atrás, como una veleta sometida al viento, como si alguien la persiguiera. Aferraba junto a su pecho una bolsa de papel y todo hacía pensar que la señora Borinsky había salido de su casa obligada por una razón tan importante como para mostrarse con los pelos enmarañados y sin teñir, la cara lavada, y vestida con los colores de una murga; medias de algodón caían sobre sus tobillos, y calzaba unas pantuflas de paño que, originariamente azules, los años habían vuelto gris plomo; su pollera, a pesar de ser larga, no lograba cubrir la enagua color salmón.               El...

La misión

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El 27 de marzo de 1961, tres días después de la muerte del Almirante retirado, Richard Montley Crue, fue encontrado, entre unos documentos en el desván de su casa en Pensilvania, una bitácora de viaje del año 1947. Día 1             Nadie, ni siquiera yo, estoy de acuerdo con esta misión. Sé que lo exige el Comando Superior. Así lo refleja la carta del General Montgomery Cooper: “… por ello, estimado Almirante, no subestime ni el más mínimo detalle de esta operación. En su éxito, descansa la seguridad del mundo” Día 16             Mis hombres son grandes soldados, pero también, hombres de familia. Están intranquilos. Les cuesta creer cuando les digo que sólo me han dado coordenadas. El carácter secreto de esta misión abarca también a mi persona.             El vasto océano enturbia nuestros pensamientos. Día 22  ...

El Gato

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Siempre me pasa lo mismo. El sueño me vence a la misma hora, quince minutos antes de que termine mi programa favorito, recostado a medias con una pierna apoyada en el suelo y con Tato, mi gato, enraizado en los pelos de mi pecho. Lo peor es a la mañana siguiente. Las cervicales torcidas como las teclas de un piano caído del cielo, la aureola de la baba seca sobre mi camisa y los arañazos que me deja Tato cuando salta desde mi pecho en busca de alguna estúpida cucaracha, esas que pululan desde hace tiempo en el   baño. Irma, la señora que cada tanto realiza la limpieza de mi departamento, me aconseja como a su nieto (“vos sos como mi nieto, el del medio”). Que debo cuidarme de dormir destapado, alimentarme bien por las noches y dejar que el gato duerma en su canasto (“como vas a sacarlo de tu cama el día que tengas una esposa”) Le explique muchas veces que ya tuve una esposa y que por eso tengo al gato. No cree que sea sincero; poco me importa. Lo real es lo que sentí durante toda u...

Caín y Lombardi

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Entonces Yahvé le dijo: “¿qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano grita de la tierra hasta mi” Génesis 4.10 Caín se había quitado con desesperación las pieles que cubrían su cuerpo, y ahora, desnudo bajaba de la montaña, las manos y el pecho bañados en sangre. Había desafiado a Dios y temía su venganza.           Las luces azules de las patrullas se movían veloces por las inmediaciones del puerto. Rubén Lombardi, escondido entre las sombras de las dragas abandonadas, se hundía en su abrigo de piel; el frío y la noche eran sus aliados.           Caín vagó sin rumbo durante varios días, y ya hambriento y agotado llegó a un valle muy fértil, donde encontró una piedra que, en apariencia, era un altar. Se recostó sobre ella, aún con la presión de la sangre seca en su piel y  sin atreverse a limpiarla, un pequeño gesto que le guardaba una esperanza de redención.  ...