El desfiladero
En ese mismo hotel, veinticinco
años antes, nos habíamos hospedado con mis padres, y ahora se veía un tanto
diferente: la fachada estaba enmohecida, la maleza cubría las paredes, y casi
todas las baldosas del camino de la entrada estaban sueltas. Se me ocurrió que
nadie había vuelto a pisar ese lugar desde que nos fuimos en aquel verano.
Un vaho húmedo y repugnante me
detuvo en la puerta; tomé aire, me acerqué al mostrador de la recepción y toqué
el timbre. Pedí la ciento veintidós; no sabía por qué aún retenía en mi mente
el número de la habitación que habíamos ocupado en aquel entonces.
El cuarto era más pequeño de lo
que recordaba; dejé el bolso y el casco de la moto sobre la cama de arriba. En
el baño me sacudí el polvo del camino. Apoyé sobre la mesa la caja de metal, y
enseguida saqué de ella todos los elementos que necesitaba salvo uno que había
olvidado. Me saqué los borceguíes, y a uno de ellos le quité el cordón. Vacié una petaca de whisky en un vaso que encontré
en el baño. Cuando me recosté, aún retenía la bebida en un gran buche que tragué
con lentitud.
El asfalto en la ruta hervía como
un camino del infierno. Me colgué el casco del antebrazo para que el sol me diera
de lleno bajo un cielo rojizo, parecido al del amanecer. Adelante, el zigzag
del camino que se escurría entre montañas amarillas. A poco de andar ingresé en
un tramo donde la ruta estaba flanqueada por dos monumentales paredes que me
hicieron recordar a las películas de cowboys en las que los soldados del
ejército pasaban de uno en uno por el desfiladero, con la expectativa de ser atacados,
desde las alturas, por los indios.
Ningún comanche salió a mi
encuentro, pero sí lo hizo mi padre, que me hacía gestos apoyado sobre un
cartel: “despacio escuela”.
-
Qué
manía de llegar tarde a todas partes que tenés, pelotudo.
No le respondí. Detuve la moto, y
mientras aceleraba hasta ensordecerlo, miraba a la mujer que estaba con él.
Con una soberbia que siempre
odié, él me dijo:
-
No
te puedo esperar todo el día.
-
Para
qué me querés, si estás con esa.
-
Ya
hablás como tu madre, no te digo que sos un pelotudo
-
¿Qué
querés?
-
Que
me lleves, qué voy a querer.
-
¿Adónde?
-
A
cualquier parte, estoy aca todo el día.
-
¿Y
ella?
-
Que
espere.
Vestía igual que la última vez
que lo vi: las botas tejanas de víbora, los pantalones apretados, la camisa de
jean y ese peinado ridículo estilo Elvis. El día en que vino a casa a buscar
sus cosas, mi madre ya le había preparado la valija que le dejó enganchada en
la reja. Él estacionó el Falcon y al descolgarla insultaba en voz baja. Cuando
cerró el baúl, vio que yo lo espiaba por la ventana del living y me dedicó una
sonrisa tan intrigante que aún no termino de comprenderla, pero igual tengo
algunas hipótesis: “quedate tranquilo que pronto vuelvo por vos”, “ahora vos
aguantate a esa loca” o “sos un pelotudo y nunca la vas a pasar tan bien como
yo”. A la luz de lo que después fue mi vida, la tercera es la más acertada. Se
fue con esa mina apenas unos años más grande que yo, una hembrita perfecta, pechos
justos, unas piernas duras y una mirada capaz de calentar a cualquiera. Mi
vieja, al enterarse, enloqueció. Él decía que estaba loca de antes.
Avancé unos metros y mientras me
acomodaba hacia adelante en la moto, le dije:
-
Dale,
subí.
En su cara una sonrisa horrible, los dientes verdosos
y como transpirados. Aceleré dos veces en punto muerto mientras mi padre iniciaba
la carrera para subir, pero cuando dio el salto arranqué a toda velocidad.
Me encanta la ruta, las montañas,
el cielo que se confunde con el horizonte, el río que se vuelve lago, los peces
ratas, los caballos de tres patas en línea al pastar en la arena y tener al
hijo de puta de mi viejo, ya muerto, sentado en medio de la ruta y lanzando
mierda por la boca.
Las paredes se extendían a lo
largo el camino; de a poco, cabezas con plumas de colores asomaban desde el
desfiladero. Cientos de apaches me apuntaban con fusiles, pero ninguno se atrevió
a disparar, y yo los miraba desde mi caballo de hierro con la misma sonrisa
burlona heredada. La ruta comenzó a despejarse, ya no había montañas y por un
rato me dediqué a escuchar el ulular de los indios.
Desde hacía un tiempo la
presencia de dos sombras me perseguía desde el cielo. Me detuve de repente y en
las alturas dos halcones se quedaron sorprendidos. Después de haber dado dos
vueltas opuestas entre sí, bajaron a posarse sobre el manubrio de la moto. Supe
que eran dos pájaros sabios cuando empezaron a interrogarme.
-
Muchacho,
usted no es feliz, ¿no es cierto? – preguntó el más anciano.
-
No
nos mienta, desde las alturas se ve todo. – dijo el otro.
-
Bueno,
digamos que feliz, feliz, es algo pretencioso. Cada tanto tengo sexo, y trabajo
no me falta, así que puedo pagarlo.
-
¿Es
verdad que dejó a su madre tirada en un loquero?
-
Eso
es falso, pajarón. La ayudaban los doctores ¿Y qué iba a hacer yo? Perdí mi
adolescencia; cuando ella se evadía del mundo yo tenía que cuidarla y limpiarla;
yo siempre estaba solo; sepan ustedes que di mi primer beso recién a los
diecisiete, y encima tuve que ...
-
Mentiras,
patrañas, te sobrevolamos desde hace tiempo, te vemos cuando menos lo pensás.
-
Sí,
hasta cuando te encerrás en el baño con las revistas.
-
Cállense,
demonios con alas, y salgan de mi moto.
Los pájaros revoloteaban para
esquivar mis manotazos hasta que, una flecha certera los atravesó y sus plumas se
desparramaron por el asfalto. Sorprendido, apenas pude mover los ojos para ver
por el espejo al Jefe Indio montado sobre un hermoso y blanco percherón. El
caballo reía como si él mismo hubiera ensartado a los bichos de la conciencia.
Sin hacer movimientos bruscos encendí la moto y arranqué, primero despacio y
luego a todo lo que da.
Como dije, siempre me gustó la
ruta, pero por alguna razón este viaje me aburría. Me detuve en un bar que tenía
la puerta demasiado pequeña, y tuve que gatear para entrar. Detrás de la barra,
un hombre de casi dos metros de altura me miró sin entusiasmo, y con la mayor
soltura le dije:
-
Oiga,
buen hombre, quiero canjear mi moto por un caballo.
-
¿Y
por qué alguien sería tan estúpido en cambiar un caballo por su moto? – dijo.
-
Porque
es más rápida, no hay que darle de comer ni beber más que un poco de
combustible y además no echa bostas al andar.
El grandote se quedó pensativo
mientras repasaba en círculos la barra ya lustrosa; después de una eternidad,
me preguntó:
-
¿Habla?
-
No, es
mudita…
Esa cualidad iba a terminar por definir
la venta, porque él enseguida me dijo:
-
Llévese
el mío, ya no sé cómo callarlo.
El matungo era enorme, marrón
como un río revuelto, y desde su lomo yo podía ver los techos de los caseríos.
Cuando el bar era ya un punto en el horizonte, el caballo dijo:
-
Alfredito,
¿sos vos?
No lo podía creer, era lo que me faltaba.
-
Mamá,
¿qué hacés acá?, no me digas que escapaste de nuevo.
-
Silencio,
che, ¿me querés hundir?
-
Estás
disfrazada de caballo, pero… aunque ahora que lo pienso, lo tuyo no es locura,
es genialidad. Nunca se me hubiese ocurrido semejante idea.
-
Ya
sé que no. Fue idea de tu padre. Si algo tengo que reconocerle es que siempre
tuvo razón en dos cosas: que vos sos un pelotudo, y yo una yegua.
Opté por taconearla en las
verijas, bien fuerte, con ganas. Que cabalgase hasta jadear, que transpirara la
locura hasta disolverla, que gastase sus cascos hasta sangrar; que, al menos
una vez, se sintiera parada en este mundo.
El caballo se clavó bajo un
ciruelo. Sin decir nada, y ya no quiso moverse más. Me bajé, y esperó a que yo
llegara a la ruta para sin siquiera mirarme, comenzar a comer las ciruelas más
maduras, las que los halcones aún no habían mordido.
Pude recorrer a pie apenas unos pocos
kilómetros. La ruta terminaba abruptamente contra la pared de una montaña, pero
en el medio había una pequeña puerta corrediza. La miré unos segundos y la
atravesé.
La claridad del cuarto me hizo
parpadear, y pronto sentí un ardor en el antebrazo. Desaté el cordón que
apretaba mi bíceps y me desconecté.

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