Felicidad

No quiero caer en prejuzgamientos ni condicionar al lector sobre los eventos que relataré, pero debo decir que Anselmo es un buen hombre. Hago esta aclaración porque muchos no comparten su historia reciente. Sus métodos en cuanto a la caridad, lejos de la ortodoxia, rozan lo ético (hay quienes sostienen que lo estético también).

Con cincuenta y dos años, Anselmo tiene un cuerpo envidiable. Es docente en Educación Física y realiza los ejercicios a la par de sus alumnos. Esto le trajo prestigio en la comunidad educativa al ser visto como un hombre que practica los mismos valores que transmite.

Eligió quedarse soltero para no abandonar a su madre, viuda desde muy joven. Doña Elba, con ochenta y tres años, es su compañera y consejera. Anselmo siente alivio cada vez que llega a su casa y sabe que la “viejita” lo aguarda con olor a masa en las manos y de churrasco en toda la casa.

“Qué bueno es el nene”, solían decir las amigas de Elba. Cuando en las noches de invierno se quedaban atrapadas en partidas de “loba” demasiado largas, Anselmo se ofrecía a acompañarlas hasta sus casas en donde las recibía el polvo y la soledad.

 

Cuando Anselmo nació, Beba, la mejor amiga de Elba, estuvo junto a ella los primeros días. El parto fue difícil y en esa época los hombres estaban ausentes de todo aquello. Beba se convirtió para Anselmo en una segunda madre.

Cierto día, Anselmo acompañó a Beba a realizarse uno de esos inútiles estudios de los que de antemano ya se conoce el resultado. Al salir, le pidió que volvieran a pie, en el fondo de su alma, Beba se sintió aliviada: seis meses, un año, qué más daba. Lo que le molestaba en verdad era que en ese lapso no podría hacer nada nuevo, nada que no hubiera hecho en sus ochenta y un años.

 

-          Son ocho cuadras, Beba – dijo él - tomemos un remise.

-          El día esta hermoso, dale el gusto a esta viejita…

Caminaron muy lento y Anselmo pensó que ella tenía razón: el día tenía eso que hace sentir a uno que está en el lugar indicado. Beba entonces dijo:

-          ¿Sabés una cosa?, solo me arrepiento de algo en esta vida.

-          Beba, mi amor, no digas eso, si tuviste una vida maravillosa…

-          Sí, maravillosa, pero jamás conocí a un verdadero hombre.

Anselmo quedó petrificado; nunca hubiese sospechado una confesión en ese sentido, y sin embargo reaccionó.

-          Pero si vos me contaste que en tu época tuviste algunos pretendientes.

-          Sí, grandes valores, por eso apenas pude los eché…

-          Bueno, Beba,  yo tampoco encontré el amor, pero uno puede seguir viviendo…

-          ¿Amor?, no, corazón.

Beba se detuvo, lo tomó de las manos y con la voz suave de un secreto, le dijo:

-          No hablo de amor, hablo de sexo, sexo con un hombre que me satisfaga hasta hacerme olvidar el dolor de la artrosis.

-          ¡Beba!, por favor…

-          Ay, Anselmo, ya somos grandes para ruborizarnos por estos temas.

-          Sí, pero…

-          Dale, vamos, sólo quería compartir con vos mi frustración como mujer…

Cuando volvieron a caminar, Anselmo escuchaba en el silencio el silbido de un huracán.

 

Un mes más tarde, la enfermedad obligó a Beba a permanecer postrada. Entre sus amigas y el bueno de Anselmo cuidaban de ella. A él le tocaba darle el almuerzo los martes y jueves, y la cena, los lunes y sábados. Sin embargo, el hecho ocurrió un viernes a la noche, cuando Anselmo se ofreció a tomar el turno de Julia para que las chicas se juntaran a jugar un partido de “loba”,  para hacer más llevadera la carga de su amiga.

Beba se sorprendió gratamente cuando Anselmo apareció con una sonrisa tierna y un plato de sopa de municiones. La ayudó a incorporarse, y mientras ella tomaba pequeños sorbos, él le peinaba con sus dedos los escasos cabellos que se rebelaban del rodete.

-          Anselmo, hijito, ya queda poco, te juro que hubiese preferido que ustedes no tuvieran que cargar con esta… decrepitud…

-          ¿Decrepitud?, por favor, sos una mujer bella, siempre lo fuiste.

Anselmo tomó un trapo húmedo y le limpió los restos de comida de los labios; colocó el plato en la mesa luz.

En silencio intercambiaron una mirada sincera, profunda. Anselmo le acariciaba el rostro y ella sonreía como una novia.

 

No se conocen las cavilaciones que Anselmo debió sufrir para emprender aquel acto magnánimo (atroz para algunos), pero sabemos que su actitud careció de titubeos y medias tintas.

 

Anselmo besó la frente de Beba, y Beba besó la frente de Anselmo; él le besó los labios y ella abrió la boca; muy despacio, él desabotonó el camisón rosado, y Beba tembló cuando Anselmo deslizó hacia arriba la enagua color salmón.

 

Es innegable que Anselmo debió ayudarse con el poder de la mente para conseguir su meta piadosa. Es de suponer que mientras penetraba con dulzura el frágil cuerpo de Beba no hacía más que pensar en la profesora Graciela, su compañera y amante furtiva del campo de deportes municipal. La primera vez, con Graciela se habían cruzado en los baños, y ella, que lo buscaba desde hacía tiempo, se ubicó frente a él y no lo dejaba avanzar. Anselmo, con brutalidad, la tomó de los pelos detrás de la nuca y la besó con furia. Ella le tomó la mano  libre y la llevó a su enorme y duro culo. Hicieron el amor ahí mismo, de pie, los joggings por las rodillas y la cara de Graciela apoyada contra los azulejos blancos.

Y en todo aquello debió haber pensado Anselmo cuando terminó dentro de una Beba impalpable. Resopló por la nariz lo que a ella le pareció una brisa en el desierto. Todo fue natural. Beba le agradeció entre lágrimas y de inmediato comenzó a contarle historias de cuando Anselmo era chico e iba con su madre a visitarla. No tardó en quedarse dormida.

 

Beba falleció dos meses después, tiempo suficiente para que los rumores se ramificasen como una epidemia.

Anselmo jamás hubiese sospechado que Beba les contaría a sus amigas, como si fuese un hilarante testamento, su conquista más satisfactoria.

Excitadas como colegialas, las mujeres reían al toparse con Anselmo, y se ruborizaban cuando él se dirigía a ellas. En todo caso, Anselmo fingía. Lo carcomía cierta vergüenza, pero sabía que lo que había hecho fue por afecto y cristiana caridad.

 

En los dos años que siguieron, cinco ancianas gozaron del “estupendo” (así lo calificaban) cuerpo de Anselmo. Dos de ellas fabricaron inexistentes sentencias de muerte; a otras dos la vida se les escapaba como un tren mal calculado, y a la quinta y última expiró bajo los trabajados pectorales del profesor.

Debe decirse que su rostro denunciaba un misterioso gesto de felicidad.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El Hombre que repetía sus discursos

El desfiladero

Tulio