El inventor Melvin Iriarte
La
primera vez que vi a Melvin Iriarte fue un once de enero en una panadería de La
Lucila. Yo tenía la esperanza de comprar una Rosca de Reyes un poco más barata,
él se me acercó y comenzó una charla de lo más banal,con preguntas acerca de mi
vida, pero me sorprendió con la exactitud y los temas en los que indagaba, como
si ya me hubiera investigado.
Volví
a verlo unas semanas después en la puerta de mi casa. Lo atendí sin demostrar
que lo había reconocido, con la actitud de quien le abre la puerta al cartero,
al repartidor de pizza o a aquel sinvergüenza que vendía Biblias en cuotas.
-Hola –me dijo- seguro se acuerda de mí… en la
panadería… hace unas semanas...
-…
-Tal vez le resulte extraño, pero
hace tiempo que quiero hablar con usted.
-¿Conmigo?
-Sí, señor Chávez, con usted.
No
me sorprendió que supiera mi nombre.Lo invité a entrar.Repasé la mesa para sacar
las migas de pan y preparé unos mates que el tal Melvin aceptó gustoso.
-Bueno, Chávez –pronunció la “ch” casi como un
chistido- usted se preguntará qué hago acá, quién soy y otras cosas por el
estilo. Quién soy debe tenerlo sin cuidado.Mi historia es común y silvestre, salvo
por el hecho de que inventé algo revolucionario, tan paradigmático como el
fuego o la rueda –y mientras decía eso, acariciaba el maletín que había apoyado
sobre la mesa- fíjese que las revoluciones industriales, y con posterioridad la
tecnológica, o de las telecomunicaciones, son apenas espuma en relación con el
océano que tengo entre manos. Mire, acérquese, Chávez –y me acerqué hasta
sentir el escupitajo de la “ch”- ¿sabe lo que tengo acá?
Con
solemnidad soltó las trabas del maletín, lo giró y esperó unos segundos para
sostener el suspenso.Luego lo abrió.
Esa
noche no pude dormir, y tampoco la siguiente. Ese maletín inverosímil todavía estaba
sobre la mesa de mi cocina.Fueron dos días en los que pensaba,o mejor dicho
intentaba creer, en las revelaciones que el hombre me había hecho sobre su
invento.
-Es una máquina del tiempo.Así como lo oye, puede ir
hacia el pasado o hacia el futuro, porque claro, sino sería sólo una máquina del
pasado; imagínese poder retroceder hasta ser el único hombre sobre la tierra. Sería
terrible. Vea qué diseño, y que por más rústico que a usted le parezcano se
confunda, su resultado es asombroso.
La
máquina del tiempo era una caja metálica sencilla, del tamaño de una antigua
guía telefónica; tenía una ranura por donde sobresalían un conjunto de ocho
números como aquellos que se utilizan para las combinaciones de los candados o
de las valijas de viaje, y a un costado, dos botones, uno amarillo y otro rojo.
De los lados de la caja salían dos cables que en sus extremidades tenían una
“sopapita” o electrodos.-Vea que sencillo, nada de pantallas táctiles o
aplicaciones extrañas, porque yo soy de la vieja escuela: pocas perillas y
materiales nobles. Fíjese, los números los saqué de un viejo portafolio,y los
botones, usted seguro los reconoce, ande, dígalo… ¿no lo saca? Es de su
generación… del PacMan, hombre, ¿nunca jugó al PacMan? Lo compré por dos
mangos. El dueño no me lo quería vender, pero insistí tanto que al final se
cansó. No sabe la cara que puso cuando le pagué y sólo arranqué los botones.
Los electrodos fue más complicado –y lo que siguió lo dijo en un susurro- me
los robé de un hospital, sí, me da vergüenza decirlo, me hice pasar por un
familiar de alguien que estaba en terapia intensiva y en un descuido de las
enfermeras arranqué los cables y me los llevé.
En definitiva,amigo Chávez –y
esta vez la “ch” fue suave- aquí está la máquina del tiempo, esa con la que
soñaron y sueñan tantos científicos y escritores de ficción,lista para que
usted la pruebe.
Claro
que me reí, y Melvin rió conmigo.Yo para no insultar al hombre ni echarlo a las
patadas de mi casa, y él porque me creía feliz por la oportunidad que me ofrecía.
Cuando volvió la seriedad a mi rostro, Melvin la acompañó con más
explicaciones.
-Chávez, usted se preguntará un montón de cosas,
pero la más importante es por qué no viajo yo; una muy buena pregunta, y que
también tiene una buena respuesta: porque necesito que usted componga una
macana que me mandé en el pasado, algo que quise arreglar y la embarré hasta la
verija.
Melvin
Iriarte había viajado sesenta años hacia el pasado para evitar que su abuelo
cometiera uno de los robos de bancos más importantes de aquella época. Ese
hecho lo había llevado a la cárcel y a una muerte temprana, situación que marcó
a fuego la personalidad del padre de Melvin, convirtiéndolo en una persona
triste, malhumorada y pesimista, que terminó por quitarse la vida cuando Melvin
era apenas un niño.
Maldije
al inventor, pero más mi propia curiosidad. Investigué por internet la moda de
los años cincuenta. Melvin había sido muy claro al respecto: me tenía que
“mimetizar con el entorno”, esas palabras había usado, las que también busqué
por internet.
-Chávez, asegúrese de que al momento de iniciar el
viaje, lo haga desde un lugar con el que esté familiarizado, imagínese si alguien
lo encuentra a usted fusionado en una pared levantada sesenta hace años, pero ojo,
no tenga miedo que si eso pasa no significa que usted se vaya a morir. En uno
de mis viajes estuve casi todo el día con un paragolpes de una Rambler
enroscado en el cuello, y sabe lo que pesan esos monstruos.
Fui
a mi antigua casa familiar, allí donde había crecido.Tras la muerte de mis
padres,mi hermana se había quedado con la propiedad.Yo le había firmado un
montón de papeles que según ella eran necesarios para la sucesión, pero sin
aclararme que la sucesión estaba sólo a favor de ella.Al menos me dijo que
siempre que quisiera podía ir a visitarla. Al llegar mi hermana me miró
extrañada, no tanto por mi presencia, sino por el maletín que yo portaba. La
saludé con un beso en la mejilla y apenas hice un gesto para saludar al vago de
mi cuñado, al que recordaba desde siempre con la misma musculosa blanca,
percudida de amarillo en la zona de las axilas.
Acomodé
una silla en el medio del jardín, pero de repente cambié la ubicación porque me
asaltó un recuerdo fugaz de mi viejo al talar un limonero allí mismo. Cuando
elegí el lugar definitivo y me disponía a abrir el maletín, vi a nuestra eterna
vecina, Lucrecia Fuentes, una vieja octogenaria, ermitaña y antipática como las
que hay en todo barrio, esas que nunca devuelven la pelota de fútbol cuando cae
en su jardín. Mi madre siempre le daba la razón cuando Lucrecia me acusaba, a
veces sin motivo, de que le pisaba los malvones o le rompía las hortensias con
la pelota. La mujer tenía un rostro amargo, lleno de odio.Mi vieja me decía que
cuando una persona sufre como lo había hecho nuestra vecina, era muy difícil
reconciliarse con la vida. Claro que nunca me importó saber qué le había pasado
a Lucrecia Fuentes, y menos ahora que estaba a punto de viajar en el tiempo.
-Conéctese primero los electrodos, uno en cada sien.
Es importante que estén bien pegados, no escatime en saliva, no se me ponga
delicado, Chávez–otra vez la “ch” en forma de escupitajo- luego establezca la
fecha: dos dígitos para el día, dos para el mes y cuatro para el año. Si quiere
viajar al pasado, apriete el botón rojo, y con el amarillo, hacia el futuro.
Así de sencillo, Chávez.
Seguí
al pie de la letra las instrucciones del inventor, y hasta debí afeitarme un
poco las patillas para que las sopapas se adhirieran.
-Tenga en cuenta lo siguiente, Chávez, si bien esto
es una ciencia exacta, no necesariamente va a viajar al día correcto, puede que
sí, o puede ser que llegue con un día de anticipación o uno posterior, por eso
recomiendo que siempre le dé más días, por las dudas.
Coloqué
la fecha: uno siete cero tres uno nueve cinco ocho.
-Mi abuelo cometió el atraco el veintiséis de marzo
de mil novecientos cincuenta y ocho; usted tiene que detenerlo, como sea, antes
de esa fecha. Yo lo intenté varias veces, y en todas fallé. La primera le dije
quién era yo y enseguida me pegó una tremenda paliza que, cuando terminó,
siguieron sus secuaces. La segunda llegué en el momento del robo, y la policía
no me pegó un tiro de pura suerte, estaban por atraparme, creían que yo estaba
con mi abuelo y su banda, y menos mal que llegué esconderme detrás de un
escritorio para así poder volver en el tiempo. Pero el gran problema, Chávez,
es que una persona no puede viajar muchas veces al mismo día, porque cuanto más
se insiste, mayor es el margen de error, y las otras veces que lo intenté caí
en días posteriores al evento, con el riesgo de que me reconocieran y terminara
yo también preso; por eso lo necesito a usted, mi amigo.
Después
de haberme dado todas las explicaciones y detalles de cómo y cuándo habían
ocurrido los hechos, le pregunté a Melvin que por qué a mí, si no me conocía ni
yo lo conocía a él, por qué confiar en alguien como yo, que apenas hago sombra.
-Mire, Chávez –y la “ch” fue suave y honesta- en una
de las vueltas del pasado caí por casualidad en una de las panaderías que usted
frecuentaba y escuché la conversación que tenía con el empleado. Fue como una revelación:
si una persona, todos los años, una semana después de Reyes, busca una rosca
barata, entonces se dan dos cosas, o usted es muy naif o es muy persistente, y en
cualquier caso, son dos cualidades que yo admiro. Así que viajé algunos años
para seguir su rastro, lo conocí de a poco, debo confesar que lo espié, pero
siempre con buenas intenciones. Y acá estoy, Chávez, dejando en sus manos el
destino de mi historia familiar. Yo confío plenamente en usted.
Lo
único que faltaba por hacer era presionar el botón rojo. La vieja de al lado me
miraba sin sorpresa, y justo antes de que yo tocara el botón bajó la vista.
-Cómo le explico, Chávez, es como si uno estuviera en
un baile donde hay una máquina de humo, y sólo existe la chica esa de ojos
grandes que cuando a uno lo miran lo hipnotizan y yano hay nadie más alrededor,
bueno al momento del viaje, va a sentir algo así, son sólo unos segundos de
humo y confusión.
Lo
del humo era cierto. De pronto todo se puso blanco, neblinoso y algo frío. De
la chica de ojos grandes, nada. Una vez despejado el humo, sentí un leve dolor
en las piernas, como si me hubiera caído en un pozo o en arena movediza: estaba
enterrado hasta arriba de mis rodillas; intenté moverme pero la tierra estaba
seca. Me saqué las sopapas de las sienes y, aferrado con las dos manos al
maletín, amagué con llamar a mi hermana, pero enseguida noté que el terreno
donde se construiría mi casa tenía,en el año cincuenta y ocho,algunos centímetros
más.
Pude
tranquilizarme y ponerme a pensar de qué manera salir, pero antes de idear
alguna opción, apareció de la nada una joven con una pala en la mano, vestida
con pantalones de jean, camisa y mocasines. No disimuló la gracia que le
causaba mi situación, y dijo con ironía:
-Hace una semana que no llueve, me pregunto cómo hizo para
enterrarse tanto, ¿no habrá hecho alguna macana, y ahora siente vergüenza?
Como
no supe qué contestar, tan sólo me reí.
-Hola –me dijo- soy Lucrecia, la vecina de al lado.
La
vieja Lucrecia Fuentes no era lo que era o terminaría por ser.Tenía frente a mí
a una joven de unos veinte años y con unos deslumbrantes ojos azules. Pensé en
Iriarte, en el humo y en la chica de ojos grandes. El rostro de la joven era
perfecto, incluidas las dos paletas apenas superpuestas que volvía su sonrisa
aún más encantadora.
-Mucho gusto – dije a la vez que estiraba mi mano
hacia ella- mi nombre es Chávez.
-Chávez…
-Sí, así me dicen, bueno, así se
llamaba mi padre –dije esto y pensé que en ese momento mi padre tendría unos
diez años-.
-Bueno, Chávez –y su “ch” era sibilante- ¿querés que
te haga más grande el pozo y así te tapás hasta la cabeza, o te ayudo a salir?
Me
prestó unos pantalones que eran de su padre. Ni él ni su madre vivían, pero eso
no parecía afectarle demasiado. Traté de pensar por qué siempre había sido o
sería una mujer tan apagada y amarga, y en eso estaba cuando apareció con una
bandeja de té y escones recién horneados.
-Y, ¿a qué se dedica,Chávez? –con la “ch” acompañada
de un calor embriagador.
Le
mentí que era corredor inmobiliario, y que por esa razón estaba en ese terreno,
le vaticiné que ese barrio tendría un gran futuro, y que vender sería el peor
negocio de su vida. Ella me miraba divertida mientras yo abusaba de mis
conocimientos acerca del futuro. Mi seriedad era tan inverosímil que ella casi
aplaudía con mis extravagantes declaraciones.
-Ay, Chávez, salga de acá, cómo va a haber un
teléfono sin cable.
Reía
sin pudor. Entre los dos habíamos logrado una conexión que yo, y estoy seguro
de que también ella, jamás había tenido alguna vez con alguien.
Le
dije que era nuevo en la zona, y que buscaba algo para alquilar. Enseguida me ofreció
una de las habitaciones de la casa, y mientras decía eso yo sacaba de mi
bolsillo un puñado de billetes de aquel año que había tenido la precaución de
comprara un coleccionista por internet.
-Tranquilo, Chávez, no hay apuro –y esta vez la “ch”
sonó a manantial.
Hicimos
el amor esa primera noche y el resto de los días de la semana, y no fue hasta
el veinticinco de marzo que volví a pensar en Melvin Iriarte y en su abuelo.
El
inventor me había dado en detalle los movimientos de su abuelo y los lugares
donde iba a encontrarlo. Probé en el garaje que usaban de aguantadero en San
Justo, muy cerca de la Capital. Aquél hombre era robusto, y con la cara picada
de viruela, un tipo con el que yo jamás me hubiera metido.
-Disculpe,
señor, usted es Arturo Iriarte ¿verdad?
El
hombre me miró sin negar o asentir. Si intentaba acercarme como lo había hecho
Melvin, de seguro reaccionaría de la misma manera y me daría una paliza, por lo
que improvisé algo más arriesgado.
-Mire, señor Iriarte, usted no me conoce, pero yo a
usted sí. Lo único que tengo para decirle es que la policía ya está advertida
de que la sucursal del Banco Nación de Versalles va a ser asaltada, y que por
lo tanto no se esfuerce en continuar con su plan.
Para
mi sorpresa, el abuelo de Melvin agachó la cabeza, y con una actitud compungida
dijo:
-La verdad es que usted me trae un gran alivio. Yo
sabía que algo andaba mal;venga, pase, tomemos unos mates así me cuenta un poco
más.
Entré
al lugar, apenas iluminado por cuatro tragaluces a lo largo del techo de chapa
a dos aguas. Me senté frente a una pequeña mesa a esperar que Arturo Iriarte
preparara el mate pero no volvió con una pava, sino con un revólver que colocó en
mi cabeza, casi en el mismo lugar donde había pegado la sopapita.
-Escuchame, pelotudo, ya le dejé bien en claro al viejo
ese que dijo que era mi nieto que no se metiera en mi camino, y ahora vos que
te aparecés de la nada para batir lo del banco ¿quién carajo sos?,¿cana? Hablá,
te digo, sino te lleno de plomo, ¿entendés, pelotudo?
No
hubo caso: por más que le conté con lujo de detalles toda la verdad, el tipo
era porfiado. Ya cansado le dije:
-Está bien, andá y robá el banco, total a mí qué
carajo me importa. Les cagarás la vida a tu hijo y a tu nieto.
Y
de repente todo fue oscuridad.
Desperté
atado en la misma silla donde el abuelo Iriarte me había golpeado hasta
desmayarme. Me dolía todo. Me pregunté para qué me había metido en algo tan
peligroso, qué era lo que quería demostrar, y entonces, , en ese estado
sanguinolento me di cuenta de que lo que yo había visto en la aventura propuesta
por Melvin era un escape de mi propia vida, un volver a empezar, y ahí mismo se
me apareció la imagen de Lucrecia Fuentes. Ella era mi oportunidad de ser otro
sin haber cambiado. Ya lo tenía decidido: volvería a la casa de mi vecina y
comenzaría, en mil novecientos cincuenta y ocho, una nueva vida.
Durante
varias horas intenté liberarme de las sogas que me ataban. En ese momento ya
suponía que Arturo Iriarte estaba siendo apresado por la policía.
Al
amanecer llegué a lo de Lucrecia,que me esperaba sentada en la cocina, vestida
con una salida de baño muy ajustada al cuerpo, unas curvas que se insinuaban casi
hasta hablarme. Lo primero que hizo fue acariciarme las heridas para enseguida
curarlas con vendas y alcohol. Hicimos el amor toda la mañana hasta quedarnos
dormidos.
En un
momento de esa misma noche, con Lucrecia en la huerta que tenía en el fondo de
la casa, junto al gallinero, y yo que preparaba una carne asada con papas,
Melvin Iriarte se me apareció por detrás, y con lo que creí era un paragolpes
de una Rambler me pegó hasta dejarme inconsciente.
Lo
primero que vi al abrir los ojos fueron las aureolas amarillas de la camiseta
de mi cuñado que, temeroso, se acercaba a mi cara para sentir si aún podía respirar.
-Marisa, vení, es tu hermano, algo le pasa.
Cuando
mi hermana llegó, escuché que su marido le decía creer que yo estaba borracho.
No me importó, ni eso ni las quejas de Marisa. Logré arrodillarme y no había
rastros del maletín, ni de Melvin, ni tampoco de aquellos
ojos azules de mi vecina, que ahora me miraban vacíos y viejos.
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