Ciruelo
No tengo
huevos para pegarme un tiro,
ni para
tirarme del piso once,
pero sí
tengo huevos para tomarme veinte pastillas y abrir el gas.
(Nino)
Los internos y los doctores, a veces no distingo unos de otros, decían que Nino había podido trepar el muro gracias a las ramas del ciruelo. No para huir, no era esa su intención. No saltó a la calle, se quedó recostado en la parte superior de la pared, boca abajo, los brazos y piernas colgaban hacia los lados del muro. Era un espectáculo insólito, no violento ni peligroso, pero cuando se trataba de Nino la alteración del universo era siempre una posibilidad.
Yo lo entendía. Imaginá que tu mente no reconozca nada de lo que te rodea. Nino caminaba sobre una realidad que sabía ajena, y eso lo angustiaba. Estaba seguro de que su cuerpo era la bóveda que lo encerraba. Todos éramos extranjeros ante sus ojos; nuestras palabras y sonidos el eco mudo de lo que ya murió.
Sus brazos y piernas colgaban entonces en forma pendular, dibujaban sombras chinescas por lo anaranjado del atardecer; apoyaba las mejillas sobre la superficie del muro, primero una y después la otra, y en cada cambio balbuceaba su verdad.
Todos sabemos que a Nino fue poseído por un demonio, algo así como cuando un clavel del aire se apodera de un árbol viejo. Algunas noches tranquilas hacía del pabellón un infierno de gritos y orines. Se paraba sobre la cama y, como quien despierta de un letargo, largaba macabros alaridos. Los hombres, aterrados, creían que sus miedos se habían hecho carne. Algunos escapaban hacia los jardines y apenas volteaban para comprobar si alguna sombra maligna los seguía; otros se quedaban acostados, con los cuerpos adelgazados en forma de caracol.
Al otro día, juraban que el ángel negro había ido a buscarlos, y Nino, ausente, parecía haber prestado su cuerpo a un extraño como disfraz de carnaval.
En sus charlas, los doctores hablaban del paciente sesenta y tres, que no figuraba en el listado de los sesenta y dos internos oficiales. A veces, bajo los efectos de haber saqueado los armarios de las farmacias, planeaban trampas ridículas para atraparlo. Durante una semana se turnaron para dormir en el pabellón de Nino, a la espera de que se manifestase. Siempre dije que la universidad estupidiza.
Al enterarse de que Nino colgaba del perímetro de la residencia, la primera reacción del Director fue asomarse por la ventana de su despacho, pero el ciruelo le tapaba la visión. Se dirigió hacia allí y en el camino convocó a dos morrudos enfermeros que seguían al líder que marchaba a una batalla.
El grito de la autoridad espantó a los curiosos que miraban a Nino, y si bien el Director lo increpó de todas las maneras posibles para que cesara en su actitud, él, al igual que el ciruelo, seguía inmutable. El Director hizo entonces unos firmes gestos a sus ayudantes, quienes corrieron hacia la zona de los talleres del predio y a los pocos minutos volvieron con una especie de lanza que en lugar de punta tenía un lazo. Yo había visto una vez que con ese artefacto enlazaron a un perro por el cuello.
En el primer intento pudieron rodearle a Nino un brazo, pero era demasiado delgado para que el lazo pudiera sujetarlo. Siguieron por la pierna que colgaba de nuestro lado, pero de pronto, inesperadamente, Nino giró el cuerpo y quedó de costado con la mirada hacia la calle, mientras el Director insultaba. Luego le quitó el caza animales al enfermero, dispuesto a concluir la tarea, pero al acercarse a la pared se dio cuenta de que, a pesar de la longitud de la lanza, su altura era insuficiente. Se sintió frustrado y con vergüenza al ver que uno de los enfermeros le traía una silla sin que él se la hubiera pedido, pero su determinación para atrapar al paciente sesenta y tres, le anulaba todo pudor. Subió a la silla y lo primero que hizo fue pinchar a Nino para obtener alguna reacción, pero nada. Trató de enganchar los pies pero estaban rígidos, inatrapables. Después de varios intentos, la escena terminó con el Director en el suelo.
Nino miraba hacia el lado de la calle, donde algunos curiosos lo observaban divertidos, aunque, para él, desfilaban carrozas junto a comparsas con atuendos brillantes, las mismas que ensalzaban las noches de febrero en su pueblo natal. Ante ese recuerdo, Nino sonrió.
Sintió que el ciruelo cobraba vida, que sus ramas, látigos egipcios, le laceraban la piel. No comprendía por qué el corso se desvanecía y en su lugar había gente que lo miraba aterrada. Las ramas ya lo rodeaban, lo sacaban de su limbo, a hacer coincidir su cuerpo con la presencia del dolor. Algo rodeó su cuello y sintió que su cuerpo se deslizaba sobre la superficie del muro. Antes de caer, inerte, vio al paciente sesenta y tres subido al árbol, que tiraba con una lanza, apretados sus dientes y fiereza en sus ojos.

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