Tulio
Tulio entrecerraba los ojos y aspiraba la brisa del Éufrates que traía los perfumes de las madreselvas. Parado frente a las esposas del rey, sus pequeños pies de uñas esculpidas gozaban del frio mármol del palacio. Ellas tomaban sus baños en inmensas tinajas desbordantes de pétalos de rosas, sus pieles atigradas resplandecían con la misma luz que inundaba el valle. Esas mujeres salvajes, porque así el rey las quería, miraban a Tulio en forma burlona. Salían desnudas mientras drenaban por sus exquisitas formas arroyos que volvían de nuevo a la tinaja, para acercarse al oído de Tulio y descargar obscenidades prohibidas bajo la pena de muerte a quien las pronunciase en el palacio del rey; luego, con una risa fácil, lo aturdían. Entre todas ellas había una que a Tulio confundía en sus sentimientos. Arina tenía una belleza de estirpe, no era como las demás. Hija de un rey sometido, que como ofrenda de misericordia la dio a su conquistador, el gran Nabucodonosor II. Ella no...